Gilda Colman nació en Buenos Aires el 25 de julio de 1970, creció en hogares de menores en compañía de su hermana Rosa. Beatriz, su mamá, las llevaba con frecuencia para sobrepasar las crisis económicas que le impedían sostener a sus dos hijas. Allí afinó su sentido de sobrevivencia, sopesó lo femenino y lo masculino, construyó una personalidad rebelde y a la vez retraída que compartía con Rosa, cómplice y amiga.
Su casa quedaba en Constitución, cuando estaba triste y quería escapar de los conflictos familiares, se refugiaba en la calle. Quince años, remera y jean, una plaza, un tren, el silencio. Caminar como fórmula para canalizar la energía desbordada, como experiencia de libertad.
Corría
1985, época de cambios sociales y culturales; la democracia llevaba pocos años
y los jóvenes seguían siendo catalogados como hippies y drogadictos, víctimas
de redadas policiales que asediaban la 9 de Julio. Una tarde de derivas urbanas,
Gilda llegó hasta El Obelisco, allí encontró a varios chicos y chicas tomando
cerveza, fumando y cantando, hizo contacto con uno de ellos y probó por primera
vez las pastillas. A partir de ese día su vida y la de Rosa cambiarían; su nuevo
amigo vivía en el Hospital Borda, lugar al que irían a visitarle encontrando un
refugio para escapar de la sociedad que decidía por ellas, les discriminaba y
maltrataba:
- Durante varios años entre y salí del
Borda como si nada, era mi casa, mi refugio. Era el lugar donde nadie me
lastimaba, por el contrario, los que me lastimaban estaban afuera. Compartían
conmigo la comida, un mate, un pan, historias de vidas, algunas muy dolorosas
pero ricas, todavía esas historias tenían vida-, recuerda.
También recuerda los cigarrillos Jóquey Club que le robaba a su madre para fumar en la cantina del Borda, donde se juntaba con “los locos” a jugar damas y tocar con la guitarra canciones de Sui Generis o The Beatles; ellos la cuidaban y, al caer el sol, le obligaban a regresar a casa. Las noches en el Borda eran habitadas por personajes de la nocturnidad porteña; peleas, fiestas y drogas, refugio de trabajadoras sexuales, taxi boys y maleantes. Al día siguiente, la locura, la sobre medicación, los electroshocks, el abuso de autoridad, el hambre, el frío y la indiferencia estatal y social seguían protagonizando la cotidianidad de la institución médica.
-Sé que todo esto puede sonar “loco”, y
tal vez lo sea. Tenía 15 años Estaba rotulada con un cartel que decía “Menor
con Problemas de Conducta”, me sentía igual a ellos. Todo aquello que sale del
orden establecido, estipulado, de la regla, de lo dictaminado, lo enseñado, se
lo denomina “A-normal”, para muchos yo también era A-normal.
Con sus
amigos del Borda Gilda usó por primera vez drogas inyectables; ellos se drogaban y ella insistió, al fin y al cabo "lo que veía quería" y no había mucho que pensar. Así contrajo
VIH. Meses después, su hermana Rosa, contrajo la misma enfermedad. Corrían los
primeros años de la historia del SIDA en Argentina; un virus conocido como la
Peste Rosa sobre el que no existían tratamientos ni información. Era
considerada una enfermedad de homosexuales; la culpa y la ignorancia
hacían que los portadores fueran discriminados y muchos murieran sin que
existieran medios para ser tratados.
Ella quiso seguir viviendo como si no pasara nada, la enfermedad se hizo parte de su
vida. Mientras era medicada y debía sobrellevar la extenuante trama burocrática
de la institución médica, creció, estudio Psicología Social, se enamoró, y
encontró en el activismo un espacio
para poner su rebeldía. Era un momento decisivo para la historia del VIH en
Argentina, los enfermos salían a la calle a reclamar derechos y
reconocimiento. En la periferia de Buenos Aires, Gilda, una de las personas que más tiempo han sobrevivido a la enfermedad, lideró estas
reivindicaciones.
Encontrar
Un
día, mientras participaba en un congreso de SIDA conoció a “la Negra” Edith
Moreno, activista de Córdoba que le habló de su experiencia como usuaria
medicinal de cannabis y le regaló doce semillas. Tiempo después hubo un punto de giro: Gilda sufrió una
descompensación de salud y cuando todo parecía más difícil, aparecieron
personas que le invitaron a probar la planta de cannabis. Para ella se trataba
de una droga más, con las que había jurado no volver a tener contacto. Pasó
algún tiempo para que aceptara a la planta como enfermera; fumó por
desesperación y plantó las semillas que le había regalado Edith Moreno. La
Negra murió un año después, nunca supo que en la periferia de la capital,
sus semillas sanarían a otra mujer
enferma.
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La Negra Edith. Hoy, una organización cannábica de Córdoba lleva su nombre. |
El
problema no radica en la planta, ella conoció a un montón de amigos que fumaban
por razones lejanas a la delincuencia y el narcotráfico, cultivadores que
buscaban sanación y una forma de vida fuera de los marcos del capitalismo y el
individualismo, siconautas que le enseñaron a sembrar y descifrar los secretos una
planta usada en toda la historia de la humanidad, a entender los ritmos de la
naturaleza, donde es necesario morir y regresar a la tierra para mantener el
equilibrio.
Divulgar
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Pomadas de cannabis y aceite de Rick Simpson |
Hacer
un viaje
Un día cualquiera,
como aparecen y desaparecen los destellos rojos de luz, encontró a tres
hermanas de la línea paterna. Las familias les habían prohibido verse y
nombrarse, pero su hermana menor la venía siguiendo desde hace algún tiempo por
las redes sociales. Sabía de la muerte de Rosa y Beatriz, de la enfermedad y el
activismo de Gilda. En septiembre de 2013, Gilda viajó a Córdoba para unir los
hilos sueltos del pasado: ver a su conflictivo padre, de quien guardaba muy
pocos recuerdos, buscar la memoria de “la Negra” Edith Moreno y divulgar su mensaje
como activista y usuaria medicinal de cannabis. Mientras el viaje cambia de
manera inesperada, Gilda Colman emprende su propio viaje espiritual y político.
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